LOS SUMERGIDOS, MIGUEL ÁNGEL CURIEL

Ya se acabaron las vacaciones, el caminar por los senderos pirenáicos que conducen a parajes lacustres y petreos en Boí-Taull. Para hacer más liviano el regreso leo y recomiendo este magnífico último libro "Los sumergidos", del poeta y amigo Miguel Ángel Curiel , a disfrutar.

LA FIESTA


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Unas palabras que ya no se cotizan, que
no ascienden una vez liberadas, o porque hay

demasiada luz, o se cargan con más peso del

que debieran asumir. De todos modos las he

leído en la fiesta y la gente ha aplaudido. Sa-

car un papel doblado del bolsillo de la cha-

queta, ahí están escritas. Unos renglones que

ascienden. Pensé siempre que lo que escribi-

mos o decimos debía ascender, aunque fuera

ligeramente, y si fuera posible salirse del pa-

pel. Ascender, como la alegría más leve, no

como el caracol o la babosa, que se deslizan

dejando una marca amarilla, unas líneas de

baba, de mucosidad cruzándose en los techos

y en las paredes blancas. Palabras que van de

una oscuridad a otra. Trazos lentos y sin ori-

gen. No es porque me haya puesto ahora un

caracol en el brazo esperando que me reco-

rra que digo esto. No era un buen ejemplo

para lo que quería decir. Las palabras deben

ascender, así es que no deberían encadenarse

unas a otras, sino soltarse al momento para

abrir el espacio. No deberían formar una

pesada cadena. Cierro los ojos y me duelen

los eslabones de nieve. Ellas mismas dejan

el mundo por un instante y no pesan. Allí

arriba parece que hay puentes metálicos, las

cabras de montaña los cruzan pero de una in-

visibilidad a otra. Era más fácil elevar metales

que piedras, casi todo era más fácil que eso.

Esos puentes metálicos más ligeros, que flo-

tan en la alegría allí arriba. Hasta las palabras

de amor pesan demasiado para esta misión;

hermosas, no hablan más que de la posesión.

Son como las cometas de papel, sólo el hilo

es lo que las hace volar, estar en el aire. Roto

el hilo caen en la turbulencia. Caen rompién-

dose en la fiesta. Un hilo que une la ternura

a la violencia del aire las hace estar allí arriba,

a veces bailando, otras quietas. Pero no qui-

se leer esto en la fiesta. Les hubiese parecido

un texto demasiado disipado, efervescente;

un hielo desaparece en el licor. Hay quien se

mete piedras de hielo en la boca, caramelos

del pasado. Bocas frías, eso hice antes de leer

el texto ascendente, dejar piedras de hielo

en las bocas de los comensales. Pero no leí

esto. Tenían que ascender como cometas sin

hilo, o si no cometas, algo parecido a las sá-

banas, algo muy blanco en el aire casi tan li-

gero como las nubes. Esas sábanas en el cielo

descendiendo ligeramente o quedándose para

siempre como pájaros de hilo que chillan. Leí

algo más directo, pero esas palabras se soste-

nían mal, eran lombrices salidas de la tierra,

perforadoras de los instantes, palabras oscu-

ras aireando la cal o los montones de arena.

¿O no hacen eso estas lombrices un poco an-

tes de que llueva, escribir palabras indecisas

en la luz, o ese silencio de ramas en el que te

dispersas demasiado?



Bajo mis pies hay dinosaurios, bordes de

abismo, alas de hueso. ¿Qué soy entonces, el

ujier de estos misterios, un hombre libre o

una liebre borracha?



Otra vez puentes metálicos allí arriba so-

bre esas ondulaciones de hierba peinada o sá-

banas, y al final ese paisaje donde ella baila

con las raíces, una hondonada con árboles

clavados, chopos boca abajo. ¿No será eso lo

que se llevan mis ojos al corazón, un paisaje

abierto por un río seco?



Nunca se hizo el milagro. Durante mu-

chos años lo esperaste. Qué queda entonces

sino la gravilla blanca de los viejos caminos

o ese retrato de mujer que has dibujado con

carboncillos, un rostro blanco. Al menos tie-

nes su maquillaje en los dedos. ¿Cuánto tiem-

po estaría subiendo el hombre para traer las

palabras verdaderas al mundo. Y esos árboles

quemados, dónde tienen las bocas y las ore-

jas? Sólo veo nudos de silencio en la madera y

muy arriba astros con víboras.



¿Si escucháis por las raíces las campanadas

de hielo, no podríais escucharme a mí que ya

no hablo? Pero esto no lo dije en la fiesta, sino

otras cosas menos invisibles, que se libran de

mí y me dejan más vacío y ligero que de cos-

tumbre. Esto lo notas bien al meter la mano

en el agua, nunca dejas de ver la mano en el

agua. Una mano sumergida en el agua; era así

la escritura de la alegría, y la mano que escri-

bía, al arrastrar las palabras, no era más que

una mano sumergida o sometida al silencio

del agua y la trasparencia, o como lágrimas

de gusano mientras saca el hilo de su muer-

te. Toda mano escribe sumergida. ¿Ycuánto

tiempo la tuve bajo el agua aún cuando esta

estaba fría a principios de abril? Pero lo que

quería decir no era esto, se trataba de algo

más transparente, menos pesado, como ma-

nifestar una dicha, y esa dicha era la misma

que la del día. Poco podía aportar a la luz,

y mi sombra en la hierba era siempre mayor

que yo. Me marché de la fiesta por las som-

bras de la noche.



Existía entonces un espacio para las pala-

bras no corrompidas, donde estas establecían

con la luz un reino invisible.

Pero a veces nos eran arrancadas de la boca

con fuerza.