¿Quién teme a las vacaciones?, No dudes de tu selección lectora para combatir el hastío del estío, si estás harta de novelas escandinavas tenebristas que son superadas por la dura realidad, aquí el hallazgo, la recomendación clásica para un verano sin complejos.
De uno de los más grandes cuentistas del siglo XIX, sus mejores obras recopiladas en este libro de Siruela, hasta casi 60 en 800 páginas, esto si es para pasar unos gratos momentos, y no el tinto de verano, además no produce gases. A disfrutar y nos vemos en Septiembre.
Extracto del Prólogo de Mauro Armiño
En los diez años que, en la práctica, dura la carrera literaria de Guy de Maupassant, de 1880 a 1890, además de cinco novelas que, para él, eran lo mejor de su obra, escribió poco más de 300 cuentos, relatos o novelas cortas, por los que pasan, además de las obsesiones del autor, los especímenes más notorios, y también los más raros, de la sociedad francesa de ese fin de siglo; en ese momento está naciendo la Belle Époque, y a esa gestación asiste Maupassant, yel valor de la autobiográfica no es nada desdeñable: como dice una expresión francesa, Maupassant fue un hombre «cubierto de mujeres»: sus abundantes relaciones amorosas desde la adolescencia –como miembro de una pandilla de alegres remeros que bogaban
por el Sena los fines de semana dispuestos a aprovechar y disfrutar de la menor ocasión–, hasta su última etapa –cuando la locura, fruto de una sífilis juvenil mal curada, encierra su mente en el caos–, y hasta su muerte en 1893, con cuarenta y dos años, le permiten considerar pertinente que, entre los 18 y los 40 años, un hombre «haya podido poseer a doscientas o trescientas mujeres».
Maupassant, que se había educado con el
maestro de la «escuela de la mirada», con Flaubert, no podía
dejar de rehacer un catálogo de situaciones y de tipos. Y
el tipo mujer –en un momento en que, entre clases sociales
concretas, la mujer empieza a figurar como criatura independiente,
con un estatus social propio y tratando de liberarse
de una dependencia marital muy rígida que la fuerza a
traspasar los límites permitidos por esa sociedad–, ese tipo,
mujer, adquiere un peso preponderante en los relatos maupassantianos.
Flaubert había dejado en Madame Bovary el
reflejo más poderoso de los cambios que estaban produciéndose
en la conciencia de algunas mujeres
Pasan por estos relatos todos los tipos femeninos: desde
la apasionadamente enamorada hasta la seducida, la engañada,
la libertina y la cortesana; retratos en distinto marco
y con diverso colorido: desde la joven enamorada del amor
a la vieja celosa, la madre que lleva el cariño más allá de los
límites racionales, o la criadora de monstruos que vende a
los feriantes; desde la mujer infanticida a la prostituta o a
la heroína que venga la muerte de su hijo; la que devuelve
crimen por crimen, la que sufre o hace sufrir el sadismo o la
violencia; la niña violada o la solterona que recuerda emocionada
el amor de un niño a cuyo recuerdo ha inmolado su
vida; mujeres frente a hombres, engañadoras y engañadas,
seducidas o seductoras, adúlteras o fieles hasta la muerte a
un amor idealizado, casadas que soportan el matrimonio
o gozan de su suave pasar, que aconsejan y dan lecciones
sobre las artes amatorias.
Es todo un mundo femenino el que pasea por estas páginas
de un Maupassant que, rodeado siempre de mujeres,
rechazó unirse a ninguna con la menor cadena. Misógino y
desapasionado profundo, no conoció, según confesión propia,
lo que era el sentimiento: «En toda mi vida no he tenido
una apariencia de amor, aunque he simulado a menudo
ese sentimiento que sin duda no experimentaré jamás».
Escritor joven y ya famoso a partir de 1880, Maupassant se
deja llevar por los abundantes ofrecimientos amorosos que
una abundante correspondencia femenina le proponía, sin
que ninguna de esas mujeres llegara a provocar sentimientos
en un hombre que reacciona siguiendo pautas tópicas
dictadas desde los púlpitos: «El deseo satisfecho priva al
amor de su mayor valor», asegura en su correspondencia.
La misoginia maupassantiana deriva de una visión del mundo
que marcó a buena parte de los artistas de la generación
finisecular. Carente de sentimientos, en cierto momento a Maupassant
parece aburrirle incluso el deseo: «¡Mujeres! Prefiero
sanguijuelas. Decididamente me parecen muy monótonos
los órganos de placer, esos agujeros sucios cuya verdadera
función consiste en llenar las letrinas y en asfixiar las fosas
nasales. La idea de desnudarme para hacer ese pequeño
movimiento ridículo me aflige y me hace bostezar de aburrimiento
de antemano». Maupassant
también se divierte, es capaz de profundizar con humor
e ironía en esa misma condición humana, de comprender
la variedad de posibilidades que la vida abre, de
captar con ojos compasivos la pobreza y la desgracia de los
seres desdichados; y de azotar también, con toda la saña
posible, inhumanidades crueles de las que son capaces
algunos personajes reales que el novelista se limitó a enmarcar
literariamente, mostrándolos tal como los datos de la
crónica de sucesos o de la anécdota oral se los han descrito.
Del conjunto de estos relatos en que la mujer es protagonista
–de felicidad o de sufrimiento, de amor o de engaño– se
desprende la fotografía de la condición femenina en una
época concreta; pero si a esa fotografía se le cambian los
elementos accesorios, el paisaje, los atuendos de la época,
surgen situaciones, costumbres y caracteres que todavía
hoy están vivos.
Mauro Armiño-

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