EL HIJO AUSENTE




EL HIJO AUSENTE, MIGUEL TOMÁS-VALIENTE

-Voy a recomendar un libro de digestión pausada y meditada, aunque de lectura rápida exige ser rumiado no por riesgo de indigestión sino por la trascendencia de lo que plantea, con el relato, el autor, nos traslada una reflexión inevitable sobre elementos claves de nuestro tiempo, el primero de ellos es la violencia, que ejercida en su expresión más espontánea por un juez no pasa de ser un puñetazo cargado de rabia e impotencia, pero cuyas consecuencias conducen a un atentado mortal. Es difícil analizar los comportamientos del protagonista de la novela, sin que pienses en el autor y en su dramática experiencia en la vida real, en ambos se intuye la necesidad liberadora de la escritura como medio para exorcizar los demonios que se revuelven en su interior, el lector no llega a discernir muy bien cuando se trata del autor, y cuando es el protagonista de la ficción, en forma de carta a su hijo por recomendación del psiquiatra, quien traslada sus sentimientos, su desconfianza, y su derrota en fin, pues acaba alejándose de la "civilización". Y si bien como lector no debo entrar en las causas personales que dan origen al relato, es difícil abstraerse de las mismas.
El libro lo leí por insistencia de mi amigo Tomás, con el comparto ciertos lugares comunes con el pasado, y en la actualidad por ser cómplices en desenmascarar a quienes en los tiempos duros vivían en chalet con piscina a costa de los que habitaban la carbonera, como muy bien describe en esta bella historia.
"Hay momentos en la vida en los que un hombre no
puede pensar nada; el desgarro oscurece la razón y solo
se siente lo animal, lo íntimamente instintivo. La bomba
que mató a Elisa encendió una llamarada en mi garganta,
una hoguera en la que morían todas las palabras,
todas las razones y toda mi bondad; sentí que me arrancaban
de cuajo el aliento y que, por la herida, mis ganas
de vivir, hirviendo, manaban a borbotones. Corrí despavorido
en cuanto se oyó el estruendo de la detonación. Salí
a la calle. Diez o doce personas miraban la escena inmovilizadas
por el susto y por la vergüenza de sentir el alivio
de que el muerto no fuera suyo. Me arrodillé, tomé
el cuerpo inerte de Elisa y lo apreté contra mí. Lloré con
desconsuelo; sé que lloré con desconsuelo. Y también sé
que fui incapaz de oír mis gritos".

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